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Un gastrobar con personalidad a dos pasos del Museo Nacional de Arte Romano, donde la tradición se sirve con ganas de contar otra cosa.
Faltaba una hora para que comenzara la función en el Teatro Romano de Mérida y yo todavía no había cenado. Después de un día entero recorriendo la ciudad, descubriendo sus huellas romanas y dejándome llevar por sus calles, necesitaba algo informal, un lugar donde sentarme a comer sin correr el riesgo de llegar tarde a una de esas citas con la historia que tanto disfruto.
Me acerqué a los alrededores del teatro buscando un sitio donde cenar algo rápido y, casi por casualidad, me fijé en SCAMAS Gastrobar. Entré sin saber nada de él. Conocía Agallas, el restaurante del chef Antonio Luis Falcón, pero desconocía que había abierto otro local en Mérida. Lo que iba a ser una parada improvisada antes de la función terminó convirtiéndose en una grata sorpresa gastronómica.
Desde el primer paso me gustaron la decoración, el ambiente y, especialmente, la amabilidad con la que me recibieron. El local estaba lleno y, al mirar a mi alrededor, tuve la sensación de haber encontrado uno de esos lugares en los que apetece quedarse, conversar y disfrutar de la mesa sin ninguna prisa. Sin embargo, aquella noche el tiempo jugaba en mi contra. Tenía una hora para cenar y llegar al Teatro Romano antes de que comenzara la función.
Cuando me acompañaron a la mesa, expliqué mi situación con sinceridad. Necesitaba cenar en una hora y les pedí que me recomendaran algo que no tardara demasiado. La respuesta llegó con una sonrisa y una tranquilidad que agradecí: que no me preocupara, que me daría tiempo. Y así fue.

| Una cena a ciegas, una grata sorpresa
No voy a mentirte: no sabría decirte con exactitud qué platos elegí aquella noche. Confié en la recomendación del camarero y me dejé llevar, sin detenerme demasiado en la carta ni preguntar por cada elaboración. Pero hay experiencias gastronómicas que permanecen en la memoria no tanto por el nombre de un plato como por las sensaciones que despiertan, y la de SCAMAS fue una de ellas.
Me encantó la calidad de la comida, el cuidado en la presentación de cada plato y esa manera de combinar sabores que consigue sorprender sin perder de vista el sentido de la cocina. Había una búsqueda, una intención, una forma de entender la gastronomía que iba más allá de resolver una cena. La tradición parecía estar ahí, reconocible, pero reinterpretada con una mirada inquieta, abierta a nuevas combinaciones y a otras maneras de disfrutar de los sabores.

Porque una cocina interesante no necesita renunciar a sus raíces para explorar nuevos caminos. Puede partir de lo conocido, respetar su esencia y, al mismo tiempo, atreverse a jugar con las texturas, los contrastes y las mezclas. Esa fue la impresión que me llevé de SCAMAS: una tradición reinventada, una propuesta capaz de despertar los sentidos y convertir una cena improvisada en un pequeño placer gastronómico.
La presentación de los platos también contribuyó a la experiencia. Cada elaboración llegaba a la mesa cuidada en sus detalles, invitándote a detenerte un instante antes de probarla. Y aunque aquella noche no disponía del tiempo que me habría gustado dedicar a la cena, pude apreciar el esmero que había detrás de lo que me servían. Me quedé con ganas de conocer mejor su cocina, de descubrir su carta con calma y de entender hacia dónde conduce esa inquietud gastronómica que se percibe en su propuesta.

| Buen servicio, incluso cuando el reloj apremia
A todo ello se sumó un servicio rápido y atento, sin que la prisa se trasladara a la experiencia. Los platos llegaron a buen ritmo, bien presentados y con la calidad que esperas cuando te sientas a una mesa. El personal tuvo muy en cuenta mi límite de tiempo desde el primer momento, algo que agradecí especialmente.
También disfruté del ambiente. A pesar de estar lleno, el local mantenía un murmullo agradable de conversaciones, sin voces estridentes ni música que interrumpiera. Había movimiento, gente disfrutando de su cena y una energía acogedora que invitaba a quedarse. No sentí que me estuvieran despachando porque tenía prisa; al contrario, tuve la sensación de que habían entendido lo que necesitaba y habían encontrado la manera de ofrecerme una buena experiencia dentro de aquella hora escasa.
Cumplieron su palabra. Cené a tiempo y llegué al Teatro Romano con margen suficiente para acomodarme en las gradas y prepararme para disfrutar de la función. Mérida me esperaba una vez más con su historia, su escenario milenario y esa emoción especial que se siente cuando las piedras antiguas vuelven a llenarse de vida.

| Volveré, esta vez sin mirar el reloj
Hay lugares a los que llegas porque te los han recomendado, otros que eliges después de comparar cartas y opiniones, y algunos que aparecen por casualidad cuando estás buscando algo muy distinto. SCAMAS fue uno de estos últimos. Yo solo necesitaba cenar antes del teatro y terminé descubriendo un espacio al que me apetece regresar.
Me fui con una impresión excelente de la calidad de su cocina, de la presentación de los platos, de la fusión de sabores y de una propuesta que parece entender la gastronomía como un territorio vivo, donde la tradición no es un límite, sino un punto de partida para seguir explorando. Una cocina con personalidad, inquieta y dispuesta a sorprender; de esas que te dejan con ganas de volver para descubrir todo lo que no has tenido tiempo de probar.
Y volveré a sentarme a su mesa. La próxima vez, sin una función esperando ni una hora marcada en el reloj. Quiero dedicarle a SCAMAS el tiempo que aquella noche no tuve: leer la carta, dejarme aconsejar, descubrir sus elaboraciones y disfrutar de cada plato con los cinco sentidos. Porque aquella primera visita fue una cena improvisada, una parada entre las calles de Mérida y las gradas de su Teatro Romano. La próxima quiero que sea una experiencia gastronómica en sí misma, un encuentro con la cultura inquieta de una cocina que me sorprendió y que me dejó con ganas de más.
A veces, los mejores descubrimientos de un viaje no estaban en la ruta que habías preparado. Simplemente aparecen, te sorprenden y te dan un motivo para regresar.
SCAMAS fue uno de ellos.

| Cómo llegar
SCAMAS está en el centro histórico de Mérida, en la calle del Museo Nacional de Arte Romano, a unos dos minutos andando del Teatro Romano, tres de la Plaza de España y cinco del Puente Romano. Si llegas en coche o en moto, lo mejor es dejar el vehículo y moverte a pie: aquí casi todo está a unos pasos.
Información práctica
Restaurante Gastrobar SCAMAS
Ubicación
Calle José Ramón Mélida, 21, 06800 Mérida, Badajoz.
Contacto
Horarios
| Qué ver y hacer en Mérida
Mérida se camina sin prisa. Mi consejo es entrar por el Puente Romano, seguir por la Alcazaba y el Templo de Diana, y dejar el Teatro y el Anfiteatro para el final, como broche: no se entiende el teatro sin haber visto antes la magnitud de la ciudad que lo rodeaba. Y si puedes hacer coincidir esa última parada con una función, mejor todavía. Augusta Emerita fue capital de Lusitania, y su conjunto arqueológico es uno de los mejor conservados del Imperio romano, aquí, en España.
- Puente Romano, de casi 800 metros, la puerta de entrada a la ciudad.
- Alcazaba, la primera fortaleza islámica de la Península, junto al Guadiana.
- Templo de Diana, en pleno casco urbano, el templo que nunca fue de Diana.
- Arco de Trajano y Plaza de España, en el corazón de la ciudad.
- Museo Nacional de Arte Romano, imprescindible para entender todo lo anterior.
- Teatro y Anfiteatro, mejor al final del recorrido.
- Circo Romano, otra de las grandes piezas del conjunto.
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