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SUKI
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El agua de esta fuente no recuerda de dónde viene. La dama que la corona, tampoco. Y quizá ahí resida todo su valor.
Hay lugares tan antiguos que ya no recordamos que alguna vez fueron construidos. Parecen haber estado siempre ahí, como si hubieran nacido con el propio pueblo. La Fuente del Pilar es uno de ellos: un pilón al que se llega caminando, una corriente de agua que sigue brotando, unas piedras que han visto pasar los años sin moverse un centímetro y, sobre ellas, una figura que quizá muy pocos se han detenido a mirar de verdad.
Está a pocos metros de la plaza, adosada a un muro, casi escondida en su propia familiaridad. El agua llega de pozos y manantiales cercanos, por conducciones cuyo origen ya nadie sabe explicar del todo -y hay algo bello en esa ignorancia compartida, en que ni siquiera el agua recuerde de dónde viene-. Grandes bloques de granito, un fuste central, dos caños: todo desnudo, reducido a su función más esencial, como si la piedra hubiera decidido no distraerse con adornos y limitarse a cumplir su tarea, año tras año, sin alterar su silencio.
Pero las fuentes antiguas nunca son solamente fuentes.
Durante generaciones, alrededor de ellas se organizó una parte entera de la vida del pueblo: los cántaros, los animales que bebían, las conversaciones que se alargaban mientras el agua llenaba despacio los recipientes. Eran lugares de paso, pero también de encuentro. La fuente estaba allí, como la iglesia, como la torre, como las calles mismas; tan familiar que, con los años, terminó por dejar de ser observada.
Y sin embargo, sobre ella, alguien más llevaba todo ese tiempo esperando.
En el centro del pilar se eleva una figura de granito que la tradición ha relacionado con una dama antigua: un busto femenino, con un tocado que recuerda a las representaciones ibéricas y cuya apariencia parece remitir a un tiempo anterior al de las piedras que la rodean. Nadie sabe con certeza quién fue, cuándo se talló ni cómo llegó hasta aquí. Podría ser una pieza reutilizada, el fragmento de una tradición más antigua, el resto de un significado que se perdió mucho antes de que la fuente adoptara su forma actual. Y es precisamente esa falta de respuestas lo que la vuelve tan especial.
Fuente del Pilar y su dama misteriosa en Berzocana / SUKI
Me gusta imaginarla en otro tiempo: el sonido constante de los caños, los cántaros golpeando suavemente contra la piedra, niños mojándose sin preguntarse jamás quién era aquella mujer que los observaba desde arriba. Muchos de esos niños ya son adultos hoy; algunos se marcharon, otros ya no están. La fuente, en cambio, sigue ahí, guardando la memoria de todos ellos sin conocer ni uno solo de sus nombres. La dama los vio pasar. Vio a quienes llegaron pequeños y regresaron adultos, a quienes se quedaron y a quienes tuvieron que marcharse. Vio inviernos fríos y veranos de calor, mientras ella permanecía inmóvil, ajena a todo lo que cambiaba a su alrededor. Quizá esa sea su imagen más poderosa: no fue puesta allí para ser admirada, sino para permanecer.
Fuente del Pilar y su dama misteriosa en Berzocana
La historia no siempre conserva los objetos en el lugar para el que fueron creados. A veces los desplaza, los transforma, los integra en una vida nueva. La dama del Pilar podría ser uno de esos casos: un fragmento de otro tiempo, varado en este, sin mapa de regreso.
No necesita una gran leyenda para tener valor. Le basta esa unión extraña entre lo cotidiano y lo desconocido, entre el agua que sigue corriendo y la pregunta que sigue sin respuesta. La Fuente del Pilar sigue siendo una fuente. Y su dama, una incógnita. Pero basta detenerse un momento ante ella para comprender que, en Berzocana, incluso las cosas más familiares pueden guardar una historia que todavía no hemos aprendido a mirar.
| Cómo llegar a La Fuente del Pilar y su dama misteriosa
La fuente se encuentra en la calle a la que da nombre, a pocos metros de la plaza de Berzocana, adosada a un muro. Se llega caminando desde el centro del pueblo en apenas un par de minutos, dentro de cualquier paseo por el casco urbano.
La Plaza de Berzocana, una de las más hermosas de Extremadura, con casas señoriales, el ayuntamiento y el hotel rural.
La Iglesia Parroquial de San Juan Bautista, de los siglos XV-XVI, casi catedralicia, Monumento Nacional desde 1977.
El Centro de Interpretación de la Arqueología Comarcal, donde se conserva una réplica del Tesoro de Berzocana, hallado en sus canchos y hoy custodiado, por su importancia, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.
Las pinturas rupestres de las cuevas del Cancho de las Sábanas y de Los Cabritos, testimonio de un origen neolítico.
El yacimiento de El Terrero, poblado neolítico habitado hasta época árabe, donde apareció el Tesoro de Berzocana.
Las tumbas arqueológicas de los alrededores, ligadas a esa misma ocupación antigua del territorio.
La Ermita de la Concepción, del siglo XVI, en el antiguo camino de Trujillo, a poco más de 500 metros del pueblo, con el mirador y el banco más bonito de Berzocana.
La Ermita del Niño Jesús, frente a la fachada de la Iglesia, levantada a finales del siglo XVII sobre la casa donde vivió la Beata María del Niño Jesús.
El Pilar, punto tradicional de agua del pueblo.
La Casa del Cordón, con su portada de medio punto en granito y el cordón franciscano tallado en la piedra; se cree que fue albergue de peregrinos.
La Cruz de los Santos, crucero de granito a unos 300 metros del pueblo, que señala el lugar donde en 1223 un labrador halló las reliquias de los Santos.
Un pueblo no es solamente el lugar que visitamos; es también la memoria de quienes lo hicieron posible.El homenaje a los pastores y labradores de Berzocana
Hay hallazgos que cambian la historia de un lugar sin que nadie lo busque. El Tesoro de Berzocana es uno de ellos: apareció por azar, en manos de un niño, en una ladera de pizarra donde nadie esperaba encontrar oro.
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