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Hay una ruta que no aparece en ningún mapa. No tiene señales, no tiene punto de partida oficial, no tiene línea de llegada. Pero existe. Y cada vez que una mujer arranca su moto y sale al mundo, el cuentakilómetros suma un poco más.
El legado de las mujeres moteras que cambiaron el horizonte para siempre.
Estaba haciendo tiempo para que el café se enfriara, sentada en el bordillo de una gasolinera, deslizando el dedo por el móvil sin buscar nada en concreto, cuando apareció la historia de Augusta y Adeline Van Buren. Recuerdo que dejé el café a medias.
Había algo en aquellas dos mujeres que me obligó a seguir leyendo. Quizá fue la fotografía en blanco y negro. Quizá la manera en que miraban a cámara, con esa mezcla de serenidad y desafío que tienen algunas personas que ya han decidido avanzar aunque el mundo entero les diga que no deberían hacerlo. O quizá fue simplemente que reconocí algo familiar en ellas antes incluso de conocer su historia.

El 4 de julio de 1916, Augusta, de treinta y dos años, y Adeline, de veintiséis, salieron de Brooklyn montadas en sus Indian Power Plus de 1.000 cc con una idea tan sencilla como revolucionaria: demostrar que una mujer podía hacer exactamente lo mismo que un hombre sobre una motocicleta. No escribieron discursos ni pidieron permiso. Simplemente arrancaron.
Intenté imaginar aquellos kilómetros. El frío de las mañanas antes de ponerse en marcha. El barro pegado a las botas. El cansancio acumulándose en los hombros después de horas agarradas a un manillar que vibraba sin descanso. Cruzaron Estados Unidos cuando gran parte de las carreteras eran poco más que caminos de tierra abiertos entre campos y desiertos. Recorrieron más de ocho mil kilómetros en sesenta días, sin frenos delanteros, sin mapas fiables al oeste del Mississippi y sin nadie que les dijera que aquello era posible, porque sencillamente ninguna mujer lo había hecho antes.

Las arrestaron varias veces por llevar pantalones. La prensa habló más de las motos que de las motociclistas. Cuando alcanzaron la cima del Pikes Peak, a más de cuatro mil metros de altitud, muchos periódicos describieron la hazaña como una extravagancia. Y aun así siguieron avanzando. En el desierto de Nevada se quedaron sin agua y sin gasolina, atrapadas en una extensión de arena y calor donde parecía imposible continuar. Un prospector que viajaba en carreta las ayudó a encontrar el camino. Después llegaron a San Francisco, a Los Ángeles y finalmente regresaron a Nueva York convencidas de que, después de aquello, el ejército aceptaría por fin que las mujeres podían servir como mensajeras militares durante la guerra.
Las rechazaron.

Recuerdo perfectamente el momento en que terminé de leer esa parte de la historia. El café ya estaba frío. Los coches seguían entrando y saliendo de la gasolinera. Y yo me quedé pensando en todo lo que tuvo que ocurrir para que hoy una mujer pueda cargar unas maletas, cerrar la puerta de casa y desaparecer durante semanas en la carretera sin pedir permiso a nadie. Pensé en todas las mujeres que tuvieron que soportar burlas, prohibiciones y desprecio para que hoy nosotras podamos simplemente arrancar.
Porque todavía hay quien mira con sorpresa cuando ve a una mujer sola en moto. Todavía hay prejuicios disfrazados de preocupación. Y quizá por eso la historia de aquellas mujeres sigue sintiéndose tan cercana más de un siglo después. No porque hablara solo de motos, sino porque trataba de algo mucho más profundo: la voluntad de ocupar el propio lugar en el mundo incluso cuando este insiste en negártelo.
Augusta Van Buren dejó una frase que ha sobrevivido más de cien años porque no pertenece únicamente a su época. Pertenece a cualquiera que alguna vez haya sentido la necesidad de avanzar aunque tuviera miedo.

Woman can, if she will.
La mujer puede, si quiere.
Cuanto más tiempo paso en la carretera, más entiendo que aquella frase no hablaba realmente de motocicletas. Hablaba de voluntad. De esa fuerza silenciosa que aparece cuando alguien deja de negociar consigo mismo y decide salir. Porque viajar en moto, al menos para mí, nunca ha tenido que ver únicamente con moverse de un lugar a otro. Tiene más relación con escuchar. Escuchar lo que queda dentro de una misma cuando desaparece el ruido habitual del mundo.
La carretera acaba quitándote capas. Primero desaparecen las conversaciones superficiales, las prisas y las expectativas ajenas. Después van cayendo también las versiones de ti misma que has aprendido a interpretar para encajar en determinados lugares. Y llega un momento, normalmente en mitad de una carretera secundaria o en una gasolinera perdida al atardecer, en el que solo quedas tú. Sin adornos. Sin distracciones. A veces esa versión de una misma da vértigo. Pero también hay algo profundamente honesto en encontrarla.
Por eso me pregunto muchas veces cómo serían las noches de Augusta y Adeline. Qué pensarían cuando se quitaban las botas después de conducir durante horas por caminos imposibles. Si dudaban. Si lloraban alguna vez a escondidas. Si hubo momentos en los que quisieron abandonar y volver a casa. La historia suele conservar las hazañas, pero casi nunca habla de la soledad que existe detrás de ellas. Y yo creo que es precisamente ahí donde ocurre lo importante.

No fueron las únicas. Antes estuvieron Della Crewe atravesando América con un perro llamado Trouble en el sidecar de su Harley Davidson, y después Effie Hotchkiss recorriendo el país junto a su madre Avis, remendando neumáticos con trozos de manta para poder seguir avanzando. Cuanto más leo sobre ellas, más entiendo que ninguna viajaba únicamente para llegar a un destino. Lo hacían porque moverse significaba algo mucho más grande. Significaba elegir su propia dirección en un tiempo en el que casi todo estaba decidido de antemano para una mujer.
Y quizá esa sea la razón por la que sigo pensando en ellas cada vez que arranco la moto.

Porque, aunque el mundo haya cambiado muchísimo desde entonces, todavía existe algo profundamente íntimo y casi inexplicable en una mujer viajando sola por carretera. Hay una forma particular de libertad que aparece cuando conduces durante horas sin otra compañía que tus pensamientos y el ruido constante del motor. No es una libertad ruidosa ni épica. Se parece más a una reconciliación. Como si, lejos de todo, una pudiera escucharse finalmente sin interrupciones.

Con el tiempo he entendido que esa es la gran ruta invisible que ellas empezaron hace más de cien años. Una carretera que no aparece en los mapas y que, sin embargo, sigue creciendo con cada mujer que decide salir ahí fuera. Una ruta hecha de memoria, voluntad y pequeños actos de valentía cotidiana. La recorren mujeres que cruzan continentes y mujeres que simplemente se atreven a arrancar por primera vez. Mujeres que viajan solas, acompañadas, lejos o cerca. Da igual. Lo importante nunca ha sido la distancia.
Lo importante siempre ha sido el gesto de avanzar.
Aquella tarde terminé el café, me puse el casco y volví a la carretera. Pero algo había cambiado. No en el paisaje ni en la ruta que me esperaba ese día, sino en la forma de sentirme dentro de ella. Por primera vez tuve la sensación muy clara de que no viajaba completamente sola. Que cada kilómetro conectaba de alguna manera con todas aquellas mujeres que habían abierto camino antes, incluso cuando nadie quería reconocer que lo estaban haciendo.
Ellas no nos dejaron únicamente una historia. Nos dejaron la carretera abierta.
Y quizá por eso, cada vez que veo a otra mujer detenerse en una gasolinera con la moto cargada y el mapa lleno de curvas pendientes, siento que formamos parte de algo mucho más grande que nosotras mismas. Una conversación silenciosa que atraviesa generaciones de mujeres que decidieron avanzar aunque no supieran qué iban a encontrar al otro lado.
Si alguna vez has sentido esa llamada —esa necesidad difícil de explicar de salir, de perderte un poco, de escucharte lejos del ruido— entonces esta historia también es tuya. Porque no estamos empezando algo nuevo. Solo estamos continuando una ruta que lleva más de cien años en marcha.
Y la carretera sigue hacia delante.
María José Magro — Suki on the Road
En algún lugar de España








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