La casa de Claude Monet en Giverny: cómo visitar el jardín donde nació la luz del impresionismo

Descubre qué ver en Giverny y cómo visitar la casa y los jardines de Monet en Normandía. Guía práctica con horarios, precios, mejor época y consejos para ir desde París.

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Descubre qué ver en Giverny y cómo visitar la casa y los jardines de Monet en Normandía. Guía práctica con horarios, precios, mejor época y consejos para ir desde París.

| Cuando un jardín se convierte en la obra maestra del pintor (Normandía, Francia)

Hay lugares que solo se entienden después de haber visto otros.

Giverny es uno de ellos.

Llegué en moto desde París, camino a Normandía, con la cabeza llena de acantilados de Étretat y el Mont Saint-Michel dibujado en el horizonte de mis planes. Pero había una parada obligatoria. Una que no podía saltarme aunque tuviera prisa por llegar a la costa. Una que, de hecho, era necesaria para entender todo lo que vendría después.

Descubre qué ver en Giverny y cómo visitar la casa y los jardines de Monet en Normandía. Guía práctica con horarios, precios, mejor época y consejos para ir desde París.

La casa de Claude Monet.

Porque los paisajes de Normandía no se entienden sin Monet. Y Monet no se entiende sin sus jardines de Giverny.

Son 75 kilómetros desde París. Poco más de una hora rodando por carreteras que van dejando atrás la ciudad y adentrándose en la campiña normanda: campos verdes, pueblos de piedra, el río Sena serpenteando entre colinas suaves. La D5 se transforma en una carretera estrecha que atraviesa Giverny, un pueblo diminuto de apenas 500 habitantes que recibe un millón de visitantes al año.

Todos vienen a lo mismo. A ver dónde vivió y pintó Monet durante 43 años. A caminar por el mismo jardín que él diseñó flor a flor. A cruzar el puente japonés que pintó decenas de veces. A entender, por fin, por qué dedicó los últimos 30 años de su vida a pintar una y otra vez nenúfares flotando en un estanque.

Aparqué la moto en el parking gratuito junto a la entrada. Me quité el casco, me estiré la espalda, respiré ese aire de Normandía que ya no huele a ciudad sino a hierba, a río, a tierra húmeda.

Y caminé hacia la entrada de la Fondation Claude Monet.

La casa rosa apareció entre los árboles como una aparición. No era grande ni ostentosa. Era una casa de campo normanda, con paredes rosa salmón, contraventanas verdes, enredaderas trepando por las fachadas. Humilde y encantadora. El tipo de lugar donde uno imagina una vida tranquila dedicada a la pintura, el jardín y la contemplación.

Pero lo que no esperaba -lo que nadie puede esperar hasta que lo ve- es que esa casa, ese jardín, son en sí mismos la obra maestra.

No las pinturas que Monet hizo aquí. El jardín mismo. Vivo, respirando, transformándose con cada estación, exactamente como él lo diseñó hace más de un siglo.

Entrar en Giverny es entrar literalmente en un cuadro de Monet.

Y no hay forma de prepararse para eso.


| El Clos Normand: Cuando un jardín es un lienzo vivo

La explosión de color frente a la casa

El primer jardín que encuentras al entrar es el Clos Normand -el Jardín Amurallado Normando- que se extiende frente a la casa rosa en una explosión de color imposible.

No es un jardín ordenado. No tiene simetría ni parterres geométricos. Es caos controlado, belleza salvaje, una profusión de flores que se mezclan sin seguir ninguna regla salvo la de la luz y el color.

Cuando crucé la entrada y el jardín se abrió ante mí, me detuve en seco.

Cromancia pura.

Rosas trepando por arcos metálicos que cruzan el sendero central. Nasturtiums (capuchinas) cubriendo el camino en tonos naranjas y rojos. Tulipanes, iris, peonías, amapolas, narcisos, dalias… todas mezcladas, sin orden aparente, creando combinaciones de colores que ningún jardinero tradicional se atrevería a intentar.

Pero Monet no era jardinero tradicional. Era pintor. Y diseñó este jardín como quien compone un cuadro: pensando en masas de color, en contrastes, en cómo la luz del sol transformaría cada flor a lo largo del día.

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Caminé despacio por el sendero central. A ambos lados, las flores se agolpaban en capas: las más bajas delante, las más altas atrás, creando profundidad, perspectiva, exactamente como en un cuadro impresionista.

Me senté en un banco de madera a mitad del sendero. Había más gente, sí -Giverny es el segundo lugar más visitado de Normandía después del Mont Saint-Michel- pero el jardín es lo suficientemente grande como para que cada uno encuentre su rincón de silentitud.

Y me quedé ahí, simplemente mirando.

Mirando cómo la luz del sol atravesaba los pétalos de las rosas volviéndolos translúcidos. Cómo las abejas se movían de flor en flor en una danza constante. Cómo el viento hacía ondular las amapolas creando olas rojas. Cómo cada minuto que pasaba, el jardín cambiaba sutilmente de tonalidad según las nubes cubrían o descubrían el sol.

Y entendí.

Entendí por qué Monet pintó más de 80 cuadros de los acantilados de Étretat intentando capturar la luz cambiante. Entendí por qué volvía una y otra vez al mismo motivo: porque la luz nunca es la misma dos veces. Porque un jardín a las 10 de la mañana es completamente diferente al mismo jardín a las 6 de la tarde.

Monet no pintaba flores. Pintaba luz reflejada en flores.

Y aquí, en este jardín que él diseñó como si fuera una paleta gigante, la luz es la verdadera protagonista.


| La casa rosa: Donde el color invade cada habitación

Un universo cromático en cada estancia

Dejé el jardín a regañadientes y entré en la casa.

La Maison Claude Monet fue restaurada en los años 80 (había estado abandonada décadas) para devolverle exactamente el aspecto que tenía cuando Monet vivía aquí con su familia: su esposa Alice, los seis hijos de ella de un matrimonio anterior, y los dos hijos propios de Monet. Diez personas viviendo en esta casa de campo, recibiendo constantemente visitas de otros pintores, críticos de arte, coleccionistas…

Cada habitación está pintada de un color diferente. Intenso. Vibrante. Atrevido para la época.

El salón azul

La primera estancia es el petit salon bleu -el pequeño salón azul- donde Alice leía con sus hijos.

Paredes blancas con molduras azul brillante. Suelo de cerámica color ladrillo que contrasta brutalmente con el azul. Muebles sencillos. Ventanas que dan al jardín.

Es pequeño, íntimo, luminoso. Un lugar para leer tranquilos mientras afuera el jardín florece.

El comedor amarillo

Pero la habitación que más impresiona es el comedor.

Entré y el color me golpeó como una ola.

Amarillo. Todo amarillo.

Paredes amarillas. Cortinas amarillas. Muebles amarillos. Incluso la vajilla que Monet encargó especialmente para las celebraciones: platos amarillos con bordes azules.

En 1883, cuando Monet pintó este comedor de amarillo, nadie hacía eso. Los comedores eran oscuros, solemnes, con maderas nobles y colores apagados. Pero Monet quería luz. Quería que comer en su casa fuera como estar dentro del sol.

Las paredes están cubiertas de estampes japoneses -grabados japoneses- de su colección personal: Hokusai, Hiroshige, Utamaro… Más de 200 grabados que coleccionó desde los años 1850 y que fueron otra de sus grandes fuentes de inspiración.

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Me quedé ahí largo rato, girando despacio, intentando absorber cada detalle. La mesa para catorce comensales. Las ventanas que dan a un balcón con vistas al Clos Normand. Los grabados japoneses con sus colores planos, sus composiciones atrevidas, sus perspectivas imposibles que tanto influyeron en el impresionismo.

Este comedor no era solo un lugar para comer. Era una declaración de principios. Una afirmación de que el color puede -debe- invadir la vida cotidiana. Que la belleza no es algo que se cuelga en las paredes de un museo, sino algo que se vive, se respira, se habita.

La cocina azul

Junto al comedor está la cuisine -la cocina- con sus azulejos de cerámica azul de Rouen cubriendo las paredes, su enorme fogón con múltiples hornillas, sus utensilios de cobre colgando ordenados.

Aquí cocinaban para esa familia de diez personas más los invitados constantes. La cocina está diseñada para alimentar a un pequeño ejército, pero lo hace con belleza: ese azul luminoso de los azulejos, la luz entrando por las ventanas, la sensación de que incluso cocinar podía ser un acto estético.

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El primer atelier – El taller donde nacieron los nenúfares

En la planta baja, convertido en salón de fumar en 1899, está el primer atelier -el primer taller- de Monet.

Aquí pintó hasta que construyó un segundo taller más grande en el jardín. Ahora las paredes están cubiertas de reproducciones de sus cuadros (los originales están en museos de todo el mundo), densamente colgados unos sobre otros en rieles como se hacía en esa época.

La restauración de 2011 intentó recrear exactamente cómo era esta habitación cuando Monet la usaba. Y el efecto es abrumador: estás rodeado de sus cuadros, de nenúfares, de puentes japoneses, de jardines florecidos, de luz capturada en óleo.

Es como estar dentro de su cabeza. Como ver el mundo con sus ojos.

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Los dormitorios – La intimidad del maestro

Subí las escaleras hacia la planta superior.

El dormitorio de Monet está justo encima del taller. Es sobrio, casi austero comparado con el resto de la casa. Paredes grises, muebles sencillos. Pero tiene las mejores vistas: desde la ventana se ve todo el Clos Normand desplegándose en explosión de colores.

Monet decía: «Quizá le debo a las flores el haberme convertido en pintor.»

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Y desde esta ventana, cada mañana al despertar, las flores eran lo primero que veía. Su inspiración diaria. Su razón de ser.

Las paredes están decoradas con cuadros de sus amigos impresionistas: Renoir, Caillebotte, Cézanne, Pissarro… Monet no colgaba sus propias obras en su dormitorio. Colgaba las de aquellos a quienes admiraba.

El dormitorio de Alice está al lado. Más luminoso, más decorado, con ese mobiliario de época que habla de una vida burguesa tranquila en el campo normando.

Y finalmente, abierto al público solo desde 2014, el dormitorio de Blanche Hoschedé-Monet, la hijastra de Monet que también se convirtió en pintora y que vivió en Giverny hasta su muerte en 1947, más de 20 años después de Monet.

La habitación de Alice Hoschedé-Monet
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La habitación de Blanche Hoschedé-Monet

| El jardín acuático: Entrar en los Nenúfares

Cuando el arte se vuelve realidad

Salí de la casa y crucé el paso subterráneo que lleva al segundo jardín.

Y entonces, el mundo cambió.

El Jardin d’Eau -el Jardín Acuático- es completamente diferente al Clos Normand. Si el primero es explosión de color mediterráneo, este es contemplación zen japonesa.

Monet compró este terreno años después de instalarse en Giverny. Desvió un brazo del río Epte, creó un estanque, plantó sauces llorones, bambúes, iris japoneses, glicinias… Y en medio del estanque, el puente japonés.

Ese puente verde que has visto mil veces en cuadros, postales, libros de arte. Ese puente curvo, pintado de verde para fundirse con el paisaje, cubierto de glicinas que cuelgan como cascadas violetas en primavera.

Cuando lo ves en persona, te detienes. Porque es imposible no hacerlo.

Es exactamente igual que en los cuadros.

Y al mismo tiempo, completamente diferente. Porque está vivo. Porque las glicinas se mueven con el viento. Porque el agua del estanque refleja el cielo cambiante. Porque los nenúfares flotan en la superficie creando manchas de color que se desplazan con la corriente.

Caminé hasta el puente. Subí sus escalones de madera. Me detuve en el centro.

Y miré hacia abajo.

El estanque se extendía a ambos lados, cubierto de nenúfares. Rosas, blancos, algunos aún cerrados, otros completamente abiertos. Las hojas verdes flotaban en el agua creando islas circulares. Los sauces llorones se reflejaban en la superficie como en un espejo. Todo temblaba suavemente con el viento.

Suspendia.

Ese momento de tiempo detenido donde entiendes que estás exactamente donde Monet estuvo cientos de veces, mirando exactamente lo que él miraba, sintiendo quizá lo mismo que él sentía.

Este estanque fue su obsesión durante los últimos 30 años de su vida. Pintó los nenúfares más de 250 veces. Una y otra vez, desde diferentes ángulos, con diferentes luces, en diferentes estaciones. Intentando capturar ese reflejo imposible del cielo en el agua, esa sensación de profundidad infinita cuando miras la superficie y ves nubes, árboles, luz…

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Muchos de esos cuadros forman la serie Les Nymphéas (Los Nenúfares) que ahora cuelgan en el Musée de l’Orangerie en París: lienzos gigantes, murales completos dedicados a este estanque, pintados cuando Monet ya estaba casi ciego y veía el mundo como manchas de color flotando sin contornos definidos.

Me senté en un banco junto al estanque. Cerré los ojos. Escuché el murmullo del agua, el viento entre los bambúes, los pájaros. Abrí los ojos y observé cómo la luz cambiaba segundo a segundo sobre la superficie del agua.

Y entendí por qué Monet nunca se cansó de pintar este lugar.

Porque nunca era el mismo dos veces. Porque la luz sobre el agua es lo más efímero que existe. Porque intentar capturarla en un lienzo es fracasar de la manera más hermosa posible.

Monet no pintaba nenúfares. Pintaba la imposibilidad de capturar el tiempo.

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| Lo que Giverny me enseñó

Cuando la vida se convierte en arte

Hay museos que te muestran arte. Y hay lugares donde entiendes que la vida misma puede ser arte.

Giverny pertenece a estos últimos.

Monet no vivió en un museo. Vivió en un jardín que diseñó como quien pinta un cuadro, en una casa donde cada habitación era una declaración cromática, rodeado de flores que cambiaban con las estaciones, dedicando cada día a observar cómo la luz transformaba lo que tenía delante.

Me enseñó que el arte no es algo separado de la vida cotidiana. Que se puede comer en un comedor amarillo brillante. Que se puede cocinar rodeado de azulejos azules de Rouen. Que se puede despertar cada mañana mirando un jardín que diseñaste como si fuera un lienzo vivo.

Me enseñó cromancia: esa capacidad que tienen ciertos colores de penetrar más allá de los ojos y quedarse grabados en algún lugar del alma. El amarillo del comedor. El verde del puente japonés. El rosa de las glicinas. Los cien tonos diferentes de verde reflejándose en el estanque.

Me recordó que los grandes artistas no solo crean obras. Crean mundos completos. Monet no pintó cuadros de nenúfares. Creó un jardín de nenúfares para poder pintarlos. Transformó un terreno baldío en un universo estético donde cada elemento -cada flor, cada árbol, cada reflejo en el agua- estaba pensado como parte de una composición mayor.

Y me enseñó paciencia.

Monet tardó años en conseguir que su jardín acuático luciera exactamente como lo había imaginado. Tuvo que negociar con el ayuntamiento para desviar el río. Tuvo que importar plantas exóticas de Japón. Tuvo que esperar temporadas enteras para ver si sus combinaciones de flores funcionaban.

Y luego, cuando el jardín estuvo perfecto, dedicó 30 años más a pintarlo una y otra vez, intentando capturar algo que sabía imposible: el momento exacto en que la luz toca el agua y todo se vuelve efímero, hermoso, irrepetible.


| La conexión: De Giverny a Normandía

Por qué esta parada era necesaria

Salí de Giverny con el sol bajando hacia el horizonte. Monté en la moto, me puse el casco, toqué el depósito con gratitud.

Tenía por delante el resto de Normandía. Los acantilados de Étretat que Monet pintó obsesivamente. Las playas de Honfleur donde pintó junto a Boudin. La luz cambiante del Canal de la Mancha. Los cielos normandos con esas nubes que parecen moverse a velocidad imposible.

Y ahora, después de haber estado en Giverny, todo tendría más sentido.

Porque entender Normandía sin conocer a Monet es como leer un libro saltándose los primeros capítulos. Puedes hacerlo. Pero te pierdes las claves que explican todo lo demás.

Los paisajes de Normandía no se entienden sin Monet.

Sin entender por qué los impresionistas se obsesionaron con esta región. Sin comprender que esa luz particular del norte de Francia -ni mediterránea ni nórdica, siempre cambiante, siempre sorpresiva- era exactamente lo que necesitaban para romper con la pintura académica y crear algo nuevo.

Monet no eligió Normandía por casualidad. La eligió porque aquí la luz hace cosas imposibles. Porque los acantilados blancos reflejan la luz de forma única. Porque el mar cambia de color diez veces en una hora. Porque los cielos son teatros donde las nubes representan dramas constantes.

Y Giverny fue su laboratorio. El lugar donde pudo controlar las variables, donde diseñó su propio paisaje perfecto, donde pasó de pintar la naturaleza a crear naturaleza para pintar.

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Rodé despacio por las carreteras normandas mientras el sol se ponía. Los campos verdes se tornaban dorados. Las vacas normandes pastaban tranquilas. Los pueblos de piedra brillaban con esa luz horizontal del atardecer que Monet tanto amaba.

Y agradecí.

Agradecí haber hecho esta parada. Agradecí haber caminado por donde Monet caminó. Agradecí haber visto con mis ojos el jardín que él diseñó flor a flor. Agradecí haber cruzado ese puente japonés verde sabiendo que estaba pisando exactamente donde él pisó cientos de veces.

Porque ahora, cuando llegara a Étretat y viera esos acantilados blancos, entendería por qué Monet volvió ochenta veces a pintarlos. Cuando viera el mar del Canal de la Mancha cambiando de color con cada nube que pasaba, entendería por qué los impresionistas revolucionaron el arte.

Giverny no es solo una casa bonita con un jardín precioso.

Es la clave que abre Normandía. Es el diccionario que te permite leer el paisaje. Es el origen de todo lo que vendría después en mi ruta.

Y si vas a recorrer Normandía como yo, no te lo saltes. Porque los paisajes normandos no se entienden sin Monet. Y Monet no se entiende sin Giverny.



| Información práctica para visitar Giverny

Cómo llegar, cuándo ir y qué saber antes

Cómo llegar a Giverny desde París:

En moto/coche:

  • Distancia: 75 km (1 hora)
  • A13 dirección Rouen, salida hacia Vernon
  • Luego D5 dirección Giverny
  • Parking gratuito junto a la entrada

En tren + bus:

  • Tren desde Gare Saint-Lazare (París) hasta Vernon-Giverny
  • Duración: 50 minutos
  • Precio: ~18€ ida y vuelta
  • Desde Vernon, lanzadera hasta Giverny (5 km)
  • Precio lanzadera: 5€ ida / 10€ ida y vuelta

Consejo motera: El parking de Giverny es grande y gratuito. Perfecto para motos. La carretera desde París es bonita (atraviesas campiña normanda) y el tráfico suele ser fluido.

Horarios y precios:

Temporada de apertura:

  • 1 abril – 1 noviembre (cierra en invierno)
  • Horario: 9:30-18:00 (última entrada 17:30)

Precios entrada:

  • Adultos: 11€
  • Estudiantes: 7€
  • Niños menores 7 años: Gratis
  • Personas con discapacidad: 6€

Entradas combinadas disponibles:

  • Con Musée de l’Orangerie (París): 25,50€
  • Con Musée Marmottan Monet (París): 27€
  • Con Musée des Impressionnismes (Giverny): 25€

Compra online: Muy recomendable (evitas colas, especialmente en verano) Web oficial: claudemonetgiverny.fr

Mejor época para visitar:

Giverny cambia radicalmente según la estación. Monet diseñó el jardín para que siempre hubiera algo florecido, pero cada mes tiene su personalidad:

Abril-Mayo (Primavera):

✅ Tulipanes, narcisos, glicinas en el puente japonés

✅ Menos turistas que en verano

✅ Luz suave perfecta para fotos

⚠️ Puede llover (es Normandía)

Junio-Julio (Verano temprano):

Época ideal

✅ Rosas en plena floración

✅ Nenúfares comenzando a florecer

✅ Luz larga (días hasta las 22:00)

❌ Mucha gente (especialmente julio)

Agosto-Septiembre (Verano tardío):

✅ Nenúfares en su máximo esplendor

✅ Dalias, girasoles, gladiolos

✅ Luz dorada perfecta

⚠️ Agosto está saturado de turistas

Octubre (Otoño):

✅ Colores otoñales espectaculares

✅ Menos gente

✅ Luz dramática

⚠️ Muchas flores ya marchitas

⚠️ Cierra 1 noviembre

Mejor momento del día:

Apertura (9:30-10:30): Poca gente, luz suave, jardín recién regado.

Media mañana (11:00-13:00): Buena luz para fotos, más gente pero manejable.

Tarde (16:00-17:30): Luz dorada, menos saturación, más tranquilo.

Consejo: Evita los fines de semana de mayo-agosto. Entre semana, temprano o tarde, es mucho mejor.


| Dónde comer en Giverny

Le Restaurant Les Nymphéas Frente a la casa de Monet. Cocina tradicional francesa. Menú: 20-30€. Terraza agradable.

L’Ancien Hôtel Baudy Histórico (aquí se alojaban pintores impresionistas). Ambiente auténtico. Menú: 18-25€.

La Musardière Crêperie normanda. Sidra, crêpes saladas y dulces. Económico: 12-18€.

Consejo: Giverny es pueblo pequeño y turístico (precios inflados). Si buscas mejor relación calidad-precio, come en Vernon (5 km) que tiene más opciones y más auténticas.


| Qué ver cerca de Giverny

Vernon (5 km) Pueblo medieval bonito. Casas con entramados de madera, Castillo de los Duques de Normandía, molino viejo sobre el Sena.

Musée des Impressionnismes Giverny A 200 metros de la casa de Monet. Exposiciones temporales sobre impresionismo. Entrada: 9€ (o combinada con casa de Monet).

Château de La Roche-Guyon (15 km) Castillo medieval excavado en acantilados blancos sobre el Sena. Impresionante.

Rouen (60 km) Capital de Normandía. Catedral gótica que Monet pintó más de 30 veces. Casco antiguo medieval precioso.

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| Ruta recomendada: De París a Normandía

Si estás haciendo la ruta que yo hice:

Día 1: París → Giverny (mañana) → Vernon (comida) → Rouen (tarde-noche)

Día 2: Rouen → Honfleur (puerto medieval) → Étretat (acantilados, dormir)

Día 3: Étretat → Fécamp → Le Havre → Playas del Desembarco

Día 4: Playas del Desembarco → Bayeux → Mont Saint-Michel

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Distancias desde Giverny:

  • París: 75 km
  • Rouen: 60 km
  • Étretat: 150 km

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Preguntas frecuentes sobre Giverny

¿Cuánto tiempo necesito para visitar Giverny?

2-3 horas mínimo. Más si eres amante de la fotografía o quieres sentarte tranquilo a contemplar. Medio día completo es ideal.

¿Merece la pena si no me gusta el impresionismo?

Sí. Aunque no te gusten los cuadros de Monet, el jardín es espectacular por sí mismo. Es uno de los jardines más bellos de Francia.

¿Está muy masificado?

En verano (julio-agosto) y fines de semana, sí. Entre semana en primavera u otoño es mucho más tranquilo. Ve temprano (9:30-10:30) para evitar grupos de tours.

¿Se pueden hacer fotos?

Sí, dentro de la casa y en los jardines. Pero sin flash (daña las pinturas) y sin trípode (estorba).

¿Hay flores en octubre?

Sí, pero menos. Los colores otoñales son bonitos, pero no es la mejor época. La mejor: mayo-septiembre.

¿Vale la pena comprar la entrada combinada con museos de París?

Si vas a visitar el Musée de l’Orangerie o el Marmottan Monet en París, sí (ahorras 3-5€). Si no, no merece la pena.

¿Cómo de importante es Giverny para entender a Monet?

Fundamental. Es donde vivió 43 años, donde pintó sus obras más famosas (nenúfares), donde diseñó el jardín que se convirtió en su única inspiración al final de su vida. Sin Giverny, no entiendes a Monet.

Descubre el mundo a tu propio ritmo, guíate conmigo!


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